martes, 4 de septiembre de 2012

La muerte de José Carlos



Ricardo Rojas León

La muerte violenta del joven baterista dominicano José Carlos Hernández debe movernos a reflexión sobre la forma en que marcha nuestra sociedad.

Que un grupo de personas decida penetrar a una discoteca, ubicada en una zona céntrica de la ciudad capital, para asesinar a un supuesto agresor sexual, revela los niveles de deterioro que padecemos.

¿Cómo es que la “seguridad” de esa discoteca no pudo impedir que José Carlos recibiera 27 puñaladas, la mayoría de ellas en el pecho?

Y los cientos de jóvenes que estaban presenciando el concierto de rock, ¿huyeron despavoridos ante las acciones de la grupo homicida o se arrinconaron para ver cómo se apuñalaba impunemente a uno de los parroquianos?

¿Nadie pudo condolerse e impedir que tanto odio y alevosía de descargara sin freno contra quien no tuvo nada que ver con la supuesta agresión sexual que originó la criminal venganza?

Y, ¿cómo es que la Policía Nacional no ha revelado el nombre de la supuesta víctima de la violación, que decidió convertirse en cómplice de un asesinato?  ¿Es una menor de edad o su nombre no se revela por otros motivos?

Desde el punto de vista jurídico, este es un caso sin mayores complejidades técnicas.  Un grupo de jóvenes decidió vengar una supuesta violación sexual.  Aparentemente planificaron un asesinato de dos personas, sólo que al llegar a la discoteca la alegada víctima de la agresión señaló hacia el lugar por dónde, por desgracia, cruzaba José Carlos.

De ser ciertos estos detalles iniciales, es claro que estamos en presencia de una tentativa de asesinato en concurso con un homicidio imprudente, que uno espera que sean sancionados en forma ejemplar. 

Pendiente estaría por aclararse la eventual complicidad de la joven supuestamente violada hace un mes, condición que, en modo alguno, debe ser tomada en cuenta para exigirle responsabilidad en este ominoso hecho de sangre. Y, del mismo modo, la responsabilidad civil del centro nocturno donde tuvo lugar este crimen, cuya seguridad debió impedir que los agresores ingresaran el arma homicida o impedir que José Carlos fuera apuñalado tantas veces como a sus victimarios les dio la gana.

Ningún ser humano merece la muerte que ha recibido este joven músico dominicano –a quien vi crecer desde el año 1995- y pienso que los ciudadanos conscientes de esta nación esperan que la impunidad no arrope este caso.  Y que las penas que se impongan envíen un claro mensaje de que el crimen no es la forma de resolver los conflictos de la convivencia social.

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