jueves, 9 de febrero de 2012

Justicia encarcelada


Felipe Cabezas-Klaere

¿Aún queda un juez capaz de resistirse al embate del poder? ¿Aún queda un juez serio e imparcial que confíe en el imperio del derecho? ¿O acaso el poder político ha logrado que la majestad de la justicia se le incline? ¿Existirá alguno que no se aferre al cargo y esté dispuesto a decirle a cualquier autoridad, por encumbrada que sea, que no tiene la razón?


En reiteradas oportunidades hemos sido espectadores de jueces arrodillados: unos temen que les recaiga un caso en su juzgado y no les quede más remedio que fallar contra sus convicciones, solo para complacer al Poder; otros, ansían tener que sustanciar ciertos procesos y así ganarse un puesto en algún altar.

¿Ejemplos? Varios. Pero altamente preocupante el caso del primer mandatario. Su pensamiento, su instrucción es… vinculante. Únicamente quienes lo complacen y le dan la razón merecen su respaldo. Cuando él habla, a los jueces no les importa lo que piense el resto, los de a pie, nosotros, sus mandantes. Tampoco les importa quebrantar la Constitución, pisotearla o hacerse de la vista gorda. Piensan seguramente que el poder de administrar justicia se los confirió la autoridad, mas no la voluntad del pueblo; y, por lo tanto, creen que el ejercicio de la potestad jurisdiccional debe rendirse a los pies del que manda, mas no someterse a la ley.

Paralelamente, otros jueces, los que sí se niegan a ser corderos borregos en razón de sus firmes convicciones, se hacen acreedores a una sabatina destinada a desprestigiarlos. El economista dándoles clases de derecho.

¿Podrán entender los jueces que son libres y que no necesitan congraciarse sino estar en paz con su conciencia? ¿Es que no entienden que el fin de la voluntad es el bien, y el de la inteligencia la verdad?

El jefe de Estado debe entender que para que la justicia funcione no se requiere, por ejemplo, ni únicamente, el nombramiento de decenas de jueces, ni el supuesto despacho del setenta por ciento de las causas estancadas; sino que particularmente se necesita que todos y cada uno de los jueces cuenten con el respaldo institucional del Estado, para que puedan tomar decisiones libres, idóneas e imparciales, sin injerencia de ningún tipo. Se requiere que todos y ante todo, actuemos respetuosos de la libertad de los jueces, nos guste o no; y cumplidores de las decisiones judiciales, empezando por el primer mandatario. De hecho, la creación de más juzgados nada asegura, con mayor razón si algunos jueces son nombrados de forma temporal y con innumerables cuestionamientos; y, por tanto, actúan con el temor de ser removidos de sus cargos.

Se debe, en fin, comprender que es necesario contar con un Estado sólido, respetuoso de su Constitución y demás normas. Solo así, la majestad de la justicia someterá y brillará. Solo así, cuando el Poder comprenda que debe alejarse de ella para su correcto y justo desempeño, se brindará en principio la imagen de independencia que otorgue merecida legitimidad a los jueces.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta cuándo permanecemos impávidos? Comprendamos que algún día tocaremos la puerta a la justicia y será muy tarde. Otro ya la habrá encarcelado.

(Tomado del periódico El Universo, de Ecuador)



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