jueves, 23 de diciembre de 2010

La silla vacía

La intolerancia del gobierno de Pekin no logró deslucir la entrega del Premio Nobel de la Paz al escritor Liu Xiaobo.

La entrega de los premios Nobel, el pasado viernes en Oslo, volvió a poner de manifiesto cuán precaria es aún la situación de los derechos humanos y de la libertad en vastas zonas del planeta.

Fue una noche de contrastes, pues mientras el escritor de origen peruano Mario Vargas Llosa, una pluma al servicio de la libertad, recibía el máximo galardón por su labor literaria, el también escritor y activista chino Liu Xiaobo no pudo recibir el Premio Nobel de la Paz por la oposición del régimen comunista de Pekín.

Liu fue condenado el año pasado por encabezar a un grupo de intelectuales chinos que, mediante la llamada “Carta 08”, reclamaron en diciembre del año antepasado el cese del gobierno de partido único, un sistema judicial independiente, libertad de asociación, prensa, religión y la instauración de una democracia parlamentaria.

La dictadura del PCCH no sólo impidió la presencia de Liu o que su esposa viajara a recibir el galardón, sino que arrestaron a cientos de activistas de los Derechos Humanos en toda la geografía china, y bloquearon las señales de internet y de satélite de las grandes cadenas norteamericanas de televisión, para que el pueblo chino no se enterara de los detalles de la magna ceremonia.

Las democracias occidentales decidieron hacerse de la vista gorda de los vejámenes, abusos y violaciones a los Derechos Humanos cometidos por el gobierno comunista chino, desde que los Estados Unidos, bajo la presidencia de Richard Nixon, iniciaron la llamada “diplomacia del ping-pong”, que consistió en flexibilizar la oposición al régimen maoísta, por el apetito que despertaba el vasto mercado que China representaba para el comercio y las inversiones norteamericanas.

Y habiéndose convertido China en una de las principales potencias económicas mundiales, capaz de influir en forma decisiva en cualquiera de los mercados, el cantaleteado interés de Occidente por “globalizar la democracia” no parece haber encontrado una traducción al mandarín, al cantonés, ni a ninguno de los otros dialectos con los que se comunican los 1,300 millones de chinos.

Cada día son más los chinos que anhelan vivir en una sociedad plural, en una nación en la que se respete la libertad, en todas sus formas, y en la que los gobernantes sean elegidos en forma democrática.   Como bien dijo Cicerón “la libertad solo puede fijar su residencia en aquellos Estados en que el pueblo tiene poder supremo”.   Y el premio Nobel otorgado a Liu Xiaobo de alguna forma va a contribuir a acelerar ese proceso.

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